NOTAS
AL PROGRAMA
Gabriel Fauré (1845-1924)
fue el compositor francés más avanzado de su generación
y llegó a desarrollar un estilo personal que influyó
considerablemente en numerosos compositores del siglo XX. Durante
su infancia tocaba el harmonium en la capilla de su escuela hasta
que su familia lo envió en 1854 a la escuela de música
de Niedermeyer en París. Allí recibió una
sólida formación en letras, órgano, contrapunto,
fuga, canto llano, composición y tuvo como profesor de
piano a uno de los músicos franceses más importantes
del período, C. Saint-Säens. También conoció
a otros ilustres músicos contemporáneos, como F.
Liszt y viajó a Londres, Colonia y Munich, donde quedó
fascinado con las interpretaciones de la obra de R. Wagner. En
París G. Fauré obtuvo varios premios, entre los
que destaca el que recibió por la composición de
su célebre Cantique de Jean Racine (1865). Posteriormente
fue organista de varias iglesias parisinas e inspector de conservatorios.
Varios años más tarde sucedió a J. Massenet
como profesor de composición en el conservatorio de París
(entre sus pupilos destacaron M. Ravel y N. Boulanger) y en 1905
fue nombrado director del mismo e inició una serie de importantes
reformas. Durante casi veinte años, G. Fauré fue
además crítico musical de Le Figaro hasta que se
retiró en 1920 a la edad de 75 años. Ese año
recibió la gran cruz de la Legión de Honor, concedida
de forma excepcional a un músico. Durante esa década
sus obras comenzaban a ser aclamadas y fue muy admirado por los
compositores franceses del llamado Grupo de los Seis.
Fauré fue un maestro de la canción francesa y escribió
varios ciclos de canciones para solista y piano. También
una considerable cantidad de música pianística,
de cámara y música sacra, entre la que, sin duda,
su Requiem es la obra más reconocida. El Requiem
(op. 48) alcanzó rápidamente gran popularidad
pero su éxito estuvo precedido por otras obras vocales,
como sus motetes y particularmente su Messe basse para voces femeninas
(1881). El Requiem no fue compuesto para una situación
concreta y se gestó en aproximadamente veinte años
(1877-1893), probablemente porque G. Fauré era muy crítico
con sus composiciones. La versión del Requiem de 1888-1892
era para orquesta de cámara (sin violines y aerófonos
de madera) y su versión orquestal definitiva se terminó
en 1900.
La obra de Fauré se enmarca en el período final
del Romanticismo y primeras décadas del S. XX cuando las
innovaciones musicales fueron muy rápidas. Sus contemporáneos
consideraban su música novedosa y revolucionaria. La sencillez
de medios, el sobrio dominio de la polifonía, las expresivas
disonancias y la flexibilidad y brevedad de las modulaciones son
algunos de los rasgos más originales de su estilo. Su familiaridad
con la música religiosa se ve reflejada en el frecuente
carácter modal de su música y en los recitados silábicos
sobre una misma nota repetida (p. ej. sobre el texto Requiem
aeternam y Dies illa). Su concepto de tonalidad
fue bastante amplio y las notas extrañas al acorde, las
7ª y 9ª y la alternancia entre el modo mayor / menor
no eran percibidos como un cambio de tonalidad (p. ej. la sección
II Ofertorio). En sus melodías son muy importantes las
ideas de continuidad y variedad que muestran la gran inventiva
de G. Fauré (p. ej. la extensa frase melódica de
la sección VII In paradisum), combinadas con la
voluntad de expresividad a través de los sutiles crescendos
y diminuendos de intensidad (p. ej. en el Agnus Dei y
en las tres repeticiones de la frase inicial del Ofertorio,
que son además cada vez un tono más agudas).
Johannes Brahms (1833-1897)
fue uno de los músicos más interesantes del Romanticismo
en Alemania. Provenía de una familia de músicos
y fue concertista de piano, director de orquesta y coro en su
Hamburgo natal y además director de la Singakademie en
Viena. A lo largo de su vida se relacionó con relevantes
músicos como Franz Liszt, Robert y Clara Schumann y el
violinista Joseph Joachim.
De su producción sobresalen sus cuatro sinfonías,
su obra de cámara y para piano (su instrumento predilecto)
y sobre todo sus obras vocales (p. ej. su Requiem alemán
y sus más de doscientos cincuenta lieder basados en temas
de canciones populares alemanas). J. Brahms destacó entre
sus contemporáneos F. Mendelssohn y R. Schumann en la composición
de obras corales, entre las que destacan la Rapsodia para
contralto y coro masculino (1870), la canción de lamento
Nänie sobre versos del poeta F. Schiller (1881),
el Gesang der Parzen (Canto de las Parcas, 1883) para
coro mixto a seis voces y el Schicksalslied (Canto del
destino, 1868-1871) para coro mixto y orquesta sobre versos de
F. Hölderlin. El texto, de inspiración mitológica,
expone en tres estrofas el contraste entre la felicidad de los
dioses y la atormentada existencia de los mortales. Este contraste
se ve reflejado musicalmente en un cambio de tempo, compás,
textura e intensidad y aparece enmarcado por un tema de carácter
elegíaco a cargo de la orquesta. De esta obra cabe resaltar
sus ricas armonías, las expresivas pausas y la construcción
de las melodías sobre las notas del acorde tríada.
J. Brahms fue un profundo conocedor de la música del pasado,
no fue excesivamente innovador y se resistió a cultivar
las tendencias extremas del Romanticismo. Sin embargo, su obra
influyó profundamente en compositores posteriores, entre
ellos el que referimos a continuación.
Leonard Bernstein
(1918-1990) ha sido el compositor y director de orquesta
americano más importante y famoso hasta el momento. Nació
en Lawrence (Massachussets) en una familia de emigrantes rusos
judíos. Se graduó en la Boston Latin School (1935),
en la Universidad de Harvard (1939) estudio armonía, contrapunto
y fuga con Walter Piston, célebre autor de un tratado sobre
esta materia, y en el Curtis Institute of Music de Filadelfia
(1941). Su debut no oficial como director tuvo lugar en las representaciones
y conciertos llevados a cabo en la Universidad de Harvard donde
también se interpretaron composiciones suyas. Fue director
asistente de Serge Koussevitzki en el Berkshire Music Center de
Tanglewood (1942) y de él asimiló un estilo apasionado
de dirección y el gusto por la divulgación de la
música. También fue asistente de la Filarmónica
de Nueva York donde debutó en 1943 al sustituir por enfermedad
al director Bruno Walter. Desde entonces L. Bernstein comenzó
a hacerse popular y llegó a dirigir cerca de setenta orquestas
profesionales de todo el mundo, entre las que destacan las Filarmónica
y Sinfónica de Nueva York, la Sinfónica de Boston,
la Filarmónica de Israel y la Filarmónica de Viena.
De 1958 a 1969 fue director musical de la Filarmónica de
Nueva York con la que realizó más de cuatrocientas
grabaciones. Sus programas solían incluir música
de sus compositores predilectos: J. Haydn, L. Beethoven, J. Brahms,
R. Schumann, G. Mahler, P. Hindemith, D. Shostakovich, I. Stravinski,
Ch. Ives y A. Copland.
Además, L. Bernstein mostró su vocación por
la enseñanza a través de numerosos programas de
conciertos didácticos que se retransmitieron por televisión
durante las décadas 1950-70, que causaron gran impacto
en la cultura americana y tuvo una especial inclinación
por la música para la escena, componiendo varias obras
que se representaron en Broadway, entre las que destaca la popular
West Side Story (1957), cuya versión cinematográfica
(1961) ganó diez Oscar.
A lo largo de su vida L. Bernstein recibió veintitrés
títulos académicos honoríficos, trece condecoraciones
de gobiernos extranjeros, trece premios Grammy, dieciséis
discos de oro o platino, once premios Emmy, otros diez premios
de televisión y cerca de cincuenta premios artísticos.
Sus preocupaciones humanitarias, especialmente a favor de los
derechos humanos y de la paz mundial, fueron manifestadas desde
diversos foros (p. ej. sus conciertos en Hiroshima en los que
se recordaba el cuarenta aniversario del lanzamiento de la primera
bomba atómica o los conciertos organizados con motivo de
la caída del muro de Berlín).
Bernstein decía con orgullo que su música era ecléctica
y síntesis de sus experiencias musicales más significativas.
Por ello en sus obras incorporó recursos musicales del
jazz, ritmos latinoamericanos y el uso ocasional de procedimientos
aleatorios siempre dentro del contexto de la música tonal.
En su música utilizó de manera frecuente ritmos
irregulares, compases de amalgama y cambio de acentuación
rítmica con un uso frecuente de la síncopa. Sus
melodías se basan en pequeños motivos o células
enlazadas mediante la técnica de la variación melódica
con ideas musicales que derivan unas de otras. Sus orquestaciones
presentan un notable uso de los aerófonos de metal en los
registros más agudos y una gran sección virtuosística
de percusión. Además, como reflejo de su sólida
formación literaria, se aprecia en sus obras una cuidada
selección de los textos y destaca la presencia de la cultura
y música judías como fuente de inspiración.
Los Chichester Psalms son un buen ejemplo de todos los
rasgos y recursos musicales mencionados anteriormente. Esta obra
fue compuesta entre 1964-65, en un período sabático
que L. Bernstein se tomó de la orquesta Filarmónica
de Nueva York. Durante ese tiempo comenzó varios proyectos
de los cuales sólo consiguió completar los mencionados
salmos. La obra surgió por encargo del deán de la
Catedral de Chichester para los festivales corales que allí
tenían lugar. L. Bernstein siguió la sugerencia
del deán y dotó a sus salmos del estilo popular
de West Side Story e incluso llegó a comentar
que sus salmos tenían un dulzor algo pasado de moda. La
obra se estructura en tres movimientos cada uno de los cuales
contiene el texto en hebreo de un salmo más uno o varios
versos de otro salmo que complementa su significado. En general,
los Chichester Psalms se mueven dentro de los cánones
tonales, a excepción del comienzo del primer y tercer movimiento
que son más disonantes e incluyen algunas blue notes muy
utilizadas en el jazz.
La
melodía inicial del primer movimiento está básicamente
construida sobre tres intervalos combinados por movimiento paralelo
y contrario entre las voces. A continuación aparece otra
melodía cuya sorprendente semejanza con el tema principal
de la popular serie de dibujos animados Los Picapiedra está
ampliamente reconocida. El carácter jocoso y pegadizo de
las melodías de este movimiento contrasta con su complejidad
rítmica debida la alternancia de compases binarios y ternarios.
Destaca también la presencia de instrumentos típicos
de la música latina en la sección de percusión,
como los bongos.
El segundo movimiento se inicia con una melodía para voz
de niño o contratenor acompañada por arpa que a
pesar de moverse entre audaces saltos interválicos consigue
reflejar la tranquilidad y sosiego del que hablan los versos del
salmo 23. Este ambiente se ve interrumpido por la enérgica
y feroz entrada de las voces graves sobre los versos del salmo
2 que hacen referencia al enfrentamiento de los pueblos contra
Jehová para posteriormente recrear el clima anterior y
concluir con el tema musical inicial.
El último movimiento se inicia con un preludio instrumental
que se basa en motivos melódicos aparecidos en el primer
y segundo movimiento. A continuación entran las voces graves
del coro con una expresiva melodía con abundantes cromatismos
que repiten las voces agudas y que se va amplificando a lo largo
del movimiento que concluye en una sección coral lenta
que refleja el reconfortante mensaje de paz de los últimos
versos.
Rosa Isusi Fagoaga
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